lunes, 13 de marzo de 2017

ESCUELAS DEL SIGLO XIX EN EL XXI

Autor: Santiago Bilinkis

Hace tiempo encontré un video británico en internet, que contaba la historia de un hombre que se despierta en el mundo actual luego de haber estado dormido durante cien años. 
Sale a la calle y nota que todo ha cambiado mucho: hay edificios muy altos y transitan automóviles rarísimos a velocidades para él impensables. Ve algo así como un enorme pájaro de metal atravesando el cielo. 
Asustado, entra en un edificio de oficinas. Ve salir papeles impresos de máquinas, personas conversando con pequeños aparatitos en sus manos, algunos que hablan con “fotografías que se mueven” donde se ve la cara de personas al otro lado del mundo y otros que se aglutinan delante de unos “cuadros” llenos de números y letras. Huye espantado. 
Hace un nuevo tramo por la calle y decide ingresar a un hospital. 
Adentro, encuentra gente que se mantiene viva gracias a estar conectada a máquinas y aparatos que permiten ver en detalle el interior del cuerpo humano. Aterrado, corre hacia la calle e ingresa en otro edifi cio, donde funciona una escuela. De repente, siente un alivio enorme. 

Por fin, ve algo que le resulta completamente familiar. Tal como sucedía en la época en la que se quedó dormido, ve un grupo de alumnos sentados ordenadamente en bancos, anotando xen cuadernos lo que dicta un profesor desde el frente o lo que escribe sobre un pizarrón. ¡Están memorizando los ríos de Europa, tal como hizo él! 
Acá, en la escuela, todo es igual a su centenario recuerdo. 

La historia ilustra una realidad obvia para todos: el mundo cambió mucho, la escuela casi nada. Los chicos que cursan actualmente la primaria, todos nacidos ya en el siglo XXI, reciben una educación esencialmente igual a la que recibieron sus padres, abuelos y bisabuelos. La escuela no cambia, pero los alumnos sí. Esto da por resultado un cóctel explosivo. La educación moderna, tal como la conocemos hoy, nació en el contexto de la Revolución Industrial, entre fi nes del siglo XVIII y principios del XIX, sobre las bases construidas por el teólogo, fi lósofo y pedagogo Comenius y los jesuitas en el siglo anterior. 
Su objetivo entonces era preparar a los jóvenes para convertirse en buenos empleados para las fábricas, formarlos con un pensamiento más o menos homogéneo que funcionara bien en el rutinario entorno laboral de la época. El propósito actual de la educación sigue siendo preparar a los jóvenes para el contexto que encontrarán en su vida adulta. Pero, como ya hemos visto, estamos en un mundo que cambia a un ritmo sin precedentes. Por eso, la educación hoy necesita tener un carácter anticipatorio. Debiera cambiar antes de que el mundo lo haga, no con cien o doscientos años de atraso. La educación es la principal herramienta con la que cuentan las sociedades para moldear el futuro. 
No soy un experto en el tema, pero mi apuesta con este capítulo es servir de disparador a la discusión sobre los caminos posibles para reformar el sistema actual, planeada y proactivamente. Traer la educación al siglo XXI es uno de los proyectos más difíciles y prioritarios de este momento.